Una confusión que se convirtió en diversión

Soy un hombre de 22 años, tez morena, buen físico, cabello oscuro y no lo negaré, bastante atractivo; esta buena descripción no deja por fuera mi miembro, de buen tamaño, nada sorprendente, pero 17 centímetros que a mí me sirven bastante.

Mi relato no es del presente, el cuento se remonta a mis 19 años, cuando en mi alboroto de hormonas y experimentación constante, me llevó a probar muchas mujeres; para qué quejarme, a mi corta edad tenía una lista bastante nutrida de amantes.

Qué era lo que fallaba en mis relaciones

Contaba con un estándar para fijarme en chicas: altas, delgadas y de grandes tetas. Cuando apenas comenzaba con mis primeros encuentros sexuales, luego del jugueteo, y me disponía a penetrar sentía un dolor agudo que recorría desde la punta del glande hasta aproximadamente la mitad de mi polla, por lo que terminaba pajeándome para finalmente correrme encima de sus tetas.

En medio de mi preocupación decidí comentarle lo que me sucedía a mi mejor amigo. Andrés es un chico dos años mayor que yo, un tanto más alto y acuerpado, sin duda su cuerpo era bastante musculoso y marcado, con unas piernas duras como roca; a mi amigo le tenía mucha confianza, pero hablarle del tema me ponía algo ansioso, no sabía que esperar de él, si su reacción seria de burla o un sabio consejo; pero no tenía salida, no había con quien más hablar al respecto.

Suelto la sopa o me quedo con la duda

Un día, luego de un fuerte entrenamiento, nos fuimos a su casa; al llegar esperé en la sala mientras él se duchaba para luego ver juntos un partido de futbol. Al salir de su habitación, con ropa cómoda y ya más relajado se sentó a mi lado en el largo sofá color negro que yacía en el salón de estar de su casa, eran pasadas las nueve de la noche, Andrés y yo nos encontrábamos solos en su casa. Los nervios me invadían, pero logré armarme de valentía para poder hablar con él: “Amigo, necesito hablar de algo contigo”.

Como siempre, él estaba dispuesto a escucharme, así que volteó rápidamente para centrar toda su atención en mí: “Cuéntame, ¿qué sucede?”.

Inicié con mi relato, explicando detalladamente mi molestia en cada encuentro sexual “nunca puedo terminar lo que he empezado”.

Unos segundos de silencio sumaron tensión al momento, instantes en los que pensé que había sido un completo error preguntarle tal cosa, pero su respuesta me relajó: “seguro lo que estas padeciendo es una fimosis”. Mi cara de dudas le hizo saber que debía ser un más explicativo con su respuesta: “la piel que cubre tu pija debería subir y bajar con facilidad, si esto no sucede simplemente te sometes a una intervención menor para que corten, lo que va a resultar en que cuando te estés follado a la chica no haya dolor alguno”.

Entendiendo su descripción asentí con la cabeza, pero el continuaba hablando sin parar, procurando que no me quedara duda alguna, hasta que me soltó: “enséñamela para ver cómo está”. Quedé perplejo, pero de igual forma, pensando en mi bienestar y confiando en él, me puse de pie bajé mi pantalón y quedó al aire mi polla, toda flácida.

Una tocadita no cambiará nada

Miró fijamente y con dos de sus dedos la agarró, inmediatamente me preguntó: “¿te molesta que te toque?”.

Mis nervios y confusión, pero a la vez el deseo de saber por qué me dolía al follar me llevaron a decir que no me importaba que tocara, a continuación, dijo: “A ver, si te echo el pellejo así, hacia atrás, ¿te duele?”

  • No, ahora mismo no, sólo me duele cuando me pongo erecto.
  • .. -respondió mientras continuaba tocando con sus dos dedos, echando el pellejo hacia delante y hacia atrás, observando.

A cualquiera le pasaría que tras estos movimientos la polla comience a crecer y tomar forma, eso me estaba ocurriendo, sin poder ocultarlo, la vergüenza se apoderaba de mí; pero Andrés gentilmente me miró y sonrió comentando: “te estas empalmando”, mi respuesta para salir del incomodo momento fue: “claro es normal ¿no?”

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La sorpresa a pocos centímetros de mi boca

Poniéndose de pie velozmente me dijo que me mostraría su miembro para que yo apreciara como debía subir y bajar la piel que rodea al pene; bajó sus pantalones, el calzoncillo y dejó a la vista aquella enorme polla, que aun estando flácida era enorme, gorda, con venas brotadas; imaginé que debía ser un espectáculo verla firme; sus grandes huevos oscuros no tenían tanto pelo; sin duda me causó impacto al verla.

Masajeó un poco con su mano, subió y bajó su pellejo para que yo me fijara, pero todo fue más allá cuando tomó mi mano y me dijo que lo intentara, hice caso, no sabía si lo que estaba haciendo estaba bien, pero mi sorpresa fue cuando al subir completamente su piel, su enorme glande rosado estaba frente a mí: “¿ves?, cuando te operes no vas a tener más problemas, lo harás con la misma facilidad con la que yo lo hago”, me dijo mi amigo mientras yo no salía de mi impresión, la cual me causaba cierta satisfacción.

Continuaba yo con su enorme miembro en mi mano el cual ya comenzaba a crecer, aproximados 20 centímetros se encontraban en mi mano. Podía sentir como el flujo de sangre corría haciendo crecer cada vez más a esa bestia de gruesas venas. Maravillado vi como de la punta salía una gota de líquido pre seminal; dicen que la curiosidad mató al gato, pero sin pensarlo decidí acercar mi lengua y probar.

En aquella habitación estábamos mi amigo y yo experimentando lo que quizás para él también era la primera vez, o tal vez no; eso no me importaba solo lo tomé como un juego.

Luego de pasar ligeramente mi lengua por la punta de su glande me di cuenta que ya no podía parar, poco a poco comprometí mis labios en aquel acto que cada vez se me hacía más placentero. Ya comenzaba a escuchar los casi silenciosos suspiros que dejaba escapar mi mejor amigo, pero en mi mente no paraba la idea de no solo hacerlo respirar con fuerza, tenía un enorme deseo de hacerlo gemir.

El deseo se apoderaba de mí y no podía controlarlo

Sentí volverme loco al pasar mi lengua en el orificio por el cual orina, y me deleité sintiendo esa piel tan suave; continuaba agarrando con firmeza aquel tronco el cual ya había cobrado vida. Era imposible ocultarlo, ambos lo disfrutábamos y mi miembro también estaba a explotar. “¿Te gusta?”, fue lo que pude escuchar; “así… así se hace, eso es, sigue” y jadeaba cada vez con más fuerza.

Continuaba comiendo aquel miembro varonil, mientras con mi otra mano comencé a masturbarme; siguieron movimientos más rápidos e intensos; Andrés tomó mi cabeza con fuerza para introducir tan profundo su polla que sentí en mi garganta cuando se corrió; su semen bajaba, era cálido y espeso, me encantó.

Saque su miembro de mi boca y un hilo de su semen desde mi lengua me hizo limpiarle de nuevo su glande.

¡Ahí venia la mejor parte!

Al colocarme de pie me apoyó sobre el sofá boca abajo, levantando mis caderas quitó mi pantalón y dijo: “Esto si te va a gustar más”. En ese instante solo me dejaba llevar por mis instintos sexuales. Colocándose detrás de mi comenzó a acariciar mis nalgas, con suavidad; me rozaba con sus dedos el pequeño orificio de mi ano, al sentirlo no lo pude contener, suspiré y por inercia levanté mis glúteos y me abrí un poco más.

Andrés acercó su lengua a mi ano, y comenzó a humedecer con su saliva, aquellos lengüetazos me parecían la gloria y mi excitación aumentaba sin medida.

Al notar mis jadeos Andrés se emocionó y jugaba aún más con su lengua, continuó con meterme un dedo, sobresalté, pero me relajé porque quería que siguiera; luego metió dos para abrirme un poco más, seguía dilatándome y yo estaba al borde de la locura.

Cuando sintió que ya estaba preparado, me agarró por los hombros y me penetró con su polla, la metía poco a poco, sentí dolor, pero callé.

Sin prisa metió todo su miembro dentro mí y aunque tenía la presión, podía disfrutar como sus huevos chocaban con mi culo.

Estaba a punto de correrme, pero contuve las ganas, apretaba las paredes de mi ano, esto lo volvía loco, gritaba de placer, jadeaba.

La intensidad aumentaba hasta que sentí un gemido estremecedor y sus movimientos más rápidos, un líquido caliente podía notar que se derramaba dentro de mí. Lo que acababa de suceder me llevó al clímax y sin tocarme me corrí.

Pasado un minuto, cansados los dos, el sacó su pene de mi culo. El cual quedó ardiendo y podía notar como su semen chorreaba por mi piel.

Nos sentamos en el sofá y sin mediar palabra, cada quien se fue a limpiar, dormimos como si nada hubiese ocurrido y continuamos con nuestra amistad, aunque de vez en cuando nos da por recordar aquel épico momento.