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mis relatos eróticos

Ellas

La primera vez por detrás (después de mil intentos)

Marta y Javi llevan meses queriendo probar el sexo anal. Las ganas sobran; lo que falta es un momento en que la vida no les interrumpa.

5 min de lectura10 de octubre de 2026

La primera vez por detrás (después de mil intentos)

Firme aquí, por favor

El lubricante ya estaba fuera del cajón cuando sonó el telefonillo.

Marta cerró los ojos. Javi, detrás de ella, se quedó quieto con el bote en la mano, como si alguien pudiera verle.

—No abras —susurró él.

—Es el paquete. Si no firmo, lo devuelven.

Se puso la bata, bajó los cinco pisos maldiciendo por lo bajo y firmó el albarán con la mano todavía temblando. Cuando volvió, Javi seguía en la cama, sonriendo. Las ganas seguían ahí. El momento, no.

Llevaban meses queriendo probarlo. No era un capricho: lo habían hablado, lo habían deseado y se habían calentado mil veces imaginándolo. Pero el sexo anal, ese primer paso que los dos tenían tantas ganas de dar, se les resistía como si el universo se hubiera conjurado contra ellos.

El lubricante estaba en el coche

La segunda vez fue peor. Estaban en casa de los padres de ella, aprovechando que habían salido a cenar. El sofá era estrecho, las cortinas no cerraban del todo y el lubricante se había quedado en la guantera.

—Bajo en un minuto —dijo Javi, abrochándose el pantalón a medias.

En el portal se cruzó con sus suegros, que volvían antes de tiempo porque en el restaurante se había roto la cámara frigorífica. Subieron los tres juntos en el ascensor. Javi, con las llaves del coche en una mano y un bote de lubricante en el bolsillo de la chaqueta, habló del tiempo como no había hablado del tiempo en su vida.

Cenaron tortilla. Adiós al plan.

—Esto es una maldición —dijo Marta esa noche, tumbada en su cama, mirando al techo.

—O una prueba de paciencia —respondió él, acariciándole el muslo.

¿Será hoy?

Pasaron semanas. Luego meses. Aquello se convirtió en un chiste privado, pero también en una obsesión silenciosa. Cada vez que se quedaban solos se miraban con la misma chispa —¿será hoy?— y algo siempre lo estropeaba.

Una vez fue el perro de la vecina, que se puso a ladrar como un poseso justo cuando Marta empezaba a relajarse.

Otra vez fue su propio cuerpo, que no terminaba de soltarse. Javi era paciente y cariñoso, pero ella sentía una mezcla de presión y deseo que la bloqueaba. «La cabeza —pensaba—. Siempre la puta cabeza».

Otra, sencillamente, se quedaron dormidos antes de empezar. El cansancio del trabajo, los turnos, la vida adulta colándose por las rendijas.

—¿Sabes qué te digo? —le soltó Marta una tarde, después de otro intento fallido—. Que cuando por fin lo hagamos va a ser el orgasmo de mi vida. Lo presiento.

Javi se rio y le dio un beso en la frente.

—Pues vamos a ponerle fecha. Sin excusas. Sin interrupciones.

Una puerta con llave

Eligieron un viernes. Los dos pidieron el día libre y reservaron un hotel pequeño, discreto, a las afueras: una cama enorme, una bañera y una puerta que se cerraba con llave. Ni porteros, ni padres, ni perros. Solo ellos.

Llegaron por la tarde con una bolsa en la que había lubricante, toallas y una botella de vino que apenas tocaron. Se ducharon juntos, se rieron y se secaron el uno al otro sin ninguna prisa. Por primera vez en mucho tiempo, el reloj no los perseguía.

Empezaron en la cama, con calma. Javi le besó el cuello, los hombros, los pechos. Le recorrió la espalda hasta la curva de las nalgas y Marta se arqueó bajo su mano, despacio, para que no se le escapara ni un segundo. Cuando él deslizó los dedos entre sus piernas, la encontró húmeda, lista.

—¿Estás segura? —preguntó, como siempre.

—Más que nunca.

Se colocaron. Marta, boca abajo, con una almohada bajo las caderas. Javi, detrás, con el lubricante en la mano. La primera presión fue suave, casi tímida: la punta del glande contra el esfínter. Marta respiró hondo. Javi esperó.

—Despacio —susurró ella—. Muy despacio.

Él empujó un centímetro. Luego otro. La resistencia era firme, pero no dolía. Marta sentía una plenitud extraña, nueva, intensa. Como si algo se abriera dentro de ella.

—¿Te duele?

—No. Sigue.

Javi siguió, centímetro a centímetro, con una lentitud que era casi una tortura. Cuando por fin estuvo dentro del todo, se quedaron quietos, respirando. Marta notaba cada latido de él dentro de su cuerpo.

—Estoy dentro —dijo Javi, con una sonrisa temblorosa.

—Ya lo noto —respondió ella, y soltó una risilla nerviosa que se convirtió en un gemido cuando él empezó a moverse.

Ahí

Los primeros movimientos fueron cortos, circulares. Javi buscaba el ángulo, la profundidad justa. Marta cerró los ojos y se concentró en lo que sentía. Al principio todo era novedad, extrañeza. Pero poco a poco, a medida que él encontraba el ritmo, algo empezó a cambiar.

Cada embestida rozaba una zona que no sabía que tenía, una zona que mandaba descargas directas a su clítoris, como si las uniera un cable invisible. Marta empezó a gemir más fuerte, sin control.

—Ahí —dijo—. Ahí, por favor.

Javi obedeció. Movía las caderas con un vaivén constante y profundo, mientras una mano le acariciaba la espalda y la otra se deslizaba por debajo para jugar con su clítoris. Marta sintió que se acercaba. Rápido. Muy rápido. Demasiado rápido.

—No pares —jadeó—. No pares, no pares, no pares.

Javi no paró. El sudor los cubría a los dos. La habitación se llenó de sonidos húmedos, de piel contra piel, de gemidos que ya nadie intentaba contener. Marta notó que algo se acumulaba en su bajo vientre, una presión distinta, más honda que un orgasmo normal. Como una ola que crecía y crecía sin romper.

Y entonces rompió.

Le sacudió el cuerpo entero, del coxis a la nuca. Marta gritó, gritó de verdad, y con el grito se le escapó algo más: un chorro cálido que empapó la sábana, la mano de Javi y sus propios muslos. No fue un squirt tímido. Fue una fuente. Siguió saliendo mientras el orgasmo la recorría en oleadas, una detrás de otra, sin darle tregua.

Javi, con el calor de ella en la mano y viéndola temblar debajo de él, no aguantó mucho más. Dos, tres embestidas y se corrió dentro de ella con un gemido ronco, agarrado a sus caderas como si fuera a caerse.

Se quedaron así, jadeando, pegados. Marta tenía la cara hundida en la almohada y una sonrisa enorme, absurda, imborrable.

—¿Qué... qué ha sido eso? —preguntó Javi cuando pudo hablar.

—No lo sé —respondió ella, con la voz rota—. Pero ha sido lo mejor de mi vida.

Se giró despacio y se tumbó boca arriba. La sábana estaba empapada. Ella también. Javi se echó a su lado y le acarició el pelo.

—¿Ha merecido la pena la espera?

Marta se rio, una risa cansada y feliz.

—No vuelvas a preguntar eso.

Se abrazaron. Y por primera vez en meses, ninguno de los dos miró el reloj.

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