Sigue masturbándote que hay público

Hoy surgió un nuevo encuentro fortuito con aquella mujer que me llevaba loco desde que me mudé a mi nuevo departamento; no pude evitar voltear a verla, su cuerpo de guitarra incitaba al pecado y era inevitable no imaginarla encima de mi moviendo sus caderas y cruzando el borde de la pasión extrema.

Ya eran cinco meses imaginándola en aquellas faenas, después de verla era como si una película se reprodujera en mi cabeza, en la que todo comenzaba con un “hola, cómo estás” y terminaba entre gemidos, tirones de cabello y nalgadas que dejaban la piel hinchada.

Mi boca se hacía agua al verla; era una mujer despampanante, preciosa figura, senos pequeños pero que podía hacer cuenta de que tiene pezones claros, listos para morder y chupar hasta el cansancio; el mayor atractivo era su culo ¡wow!, deliraba al verla pasar en minifaldas mientras las telas golpeaban con el borde de su redonda voluptuosidad, su piel canela y el rojo de sus labios eran una tortura para mi mente.

El rico y dulce deseo en secreto

Nunca habíamos cruzado palabras más allá de un saludo por mera cortesía, yo me sentía trabado cada que la veía; sus aires de inocencia me hacían fantasear con cualquier cantidad de posiciones.

Ya era entrada la noche cuando nos topamos, cada quien entró a su casa, la ventana de mi sala de estar da a la de ella, pero aquella noche había tenido un golpe de suerte, coincidencia o quisiera creer que lo hizo adrede, sus cortinas estaban corridas hacia los extremos, dejando libre vista hacia el interior de su casa.

Sorpresas de mi vecina

Pude ver perfectamente cuando se despojó de su blusa, quedando en sostén, era primera vez que veía su torso moreno, su vientre plano y un hermoso ombligo; yo empezaba a sudar, no quería que ella me viera, así que me escondí entre mis persianas con un corto espacio en donde la podía espiar a la perfección.

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Ella se quitó sus zapatos rojos de tacón, ¡Que creativo se puede poner un hombre al ver a una mujer con calzado de ese color! O por lo menos yo no podía sacarme la idea de tenerla frente a mí con su delicioso culo levantado y llevando aquellos tacones, toda una fantasía deliciosa, lista para que la penetre y hacerla gritar como loca.

Luego se sentó en el largo sillón que se encontraba en aquel salón, yo solo rogaba para que no saliera de ahí y me dejara verla un rato más. Prendió la tele, desconocía que era lo que estaba mirando pero debió ser algo que la estaba excitando, pues sus manos comenzaron a recorrer con cierto erotismo su cuello, poco a poco fue bajando hacia sus pechos que seguían aun atrapados en el sujetador, sin prisa y como si tuviera algún espectador frente a ella se puso de pie para retirarlo así como también sus pantalones, quedó cubierta con una mínima tanga que ¡me sorprendió, combinaba a la perfección con los zapatos rojos que había dejado a un lado!.

Un exquisito espectáculo

Si, en la oscuridad de la sala de estar de mi casa me encontraba ya erecto, con un deseo insoportable por estar allá con mi vecina, quien acto seguido se recostó en el mueble muy plácidamente para continuar con lo que ya había comenzado. Sus dedos empezaron a acariciar los senos hasta llegar al pezón, ¡eran tal y como los imaginaba, un marrón claro, delicioso! Mientras jugueteaba con sus senos su otra mano fue bajando por su abdomen lentamente, dibujando curvas en él; al llegar a sus caderas no se apresuró, se tomó su tiempo para acariciar de un lado a otro, sus ojos cerrados era el indicativo que estaba pasando un rico y excitante momento, su otra mano dejó de masajear sus senos para bajar y acariciar entre sus muslos. Hasta que comenzó a tocar más abajo, podía ver como estaba agitada, su mano subía y bajaba suavemente, una arcada me hizo saber que había metido sus dedos, poco a poco iba retorciéndose un poco más, hasta que de un momento a otro paró, se estiró a un lado para buscar un juguete rosado, acarició su vulva con aquel objeto para llenarlo de sus jugos; pasados unos minutos penetró con aquel juguete que era evidente, le causaba mucho más placer, pues sus arcadas eran más marcadas, se veía más agitada, lo sacaba y lo metía con frenesí y cada cierto momento lo dejaba dentro y movía en círculos, no podía escuchar nada, pero desde mi ventana podía ver sus expresiones, ¡gemía!,  estaba gozando de aquella masturbación que en mi mente quería sentir que era yo quien la estaba penetrando sin compasión, quien la estaba haciendo gritar con desespero pidiendo que le diera con más y más fuerza.

Tengo que admitir que mientras disfrutaba de aquel espectáculo mi polla estaba entre mis manos para hacer de mi pensamiento algo más real; pero más que el trabajo que hacía con mi mano, lo que me estaba llevando al éxtasis era lo que tenía a la vista. Mientras continuaba jugando con su amiguito de goma, abierta de par en par, su otra mano tomó con fuerza uno de sus senos, y fue entonces cuando la vi estremecerse por completo, segundos que fueron la mejor parte de todo lo que había apreciado, que rico verla tener un orgasmo.

Tendida en el sillón de su casa, aun con su juguetito rosa dentro de ella, estiró sus brazos de lado a lado, exhausta pero satisfecha, con sus ojos cerrados para saborear los últimos cosquilleos de aquel dulce momento, un tiempo después saco su juguete, lo puso de nuevo a un costado, se colocó de pie y se alejó del salón, dejando en mí, su espectador y enloquecido admirador, el deseo de verla de nuevo.

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