Sexo con la sirvienta

Yo era un joven de 18 años cuando vivía con mis padres; nuestra casa, grande de muchas habitaciones y áreas verdes, ameritaba de la ayuda de personal doméstico, además, para que negarlo, éramos una familia socioeconómicamente bien posicionada.

La llegada de Azucena

El servicio, dormía en casa, pues quienes llegaban a trabajar eran personas de pueblos lejanos, por lo que se les permitía pernoctar. En una oportunidad llegó una mujer de unos 35 años de edad, Azucena era de curvas bastante pronunciadas, no muy bonita de cara y se veía bastante tímida.

Con mis 18 años casi recién cumplidos aún no había tenido mi primera experiencia sexual, si había tenido varias novias, pero nada que fuera más allá de un beso apasionado o toqueteos, mis hormonas me llevaban loco.

Deseoso de verla desnuda

Pasaron dos meses y todo iba normal, sin ningún cambio importante; continuaba sin tener sexo, pero al menos me masturbaba a diario para saciar el deseo; con mis amigos intercambiaba cintas pornográficas. En una oportunidad vi una película en la que la protagonista era una mujer mayor, su manera de tener sexo era algo impresionante para mí, era delirante ver como esa hembra se comía con gusto aquella polla gruesa; eso sin duda me hizo ver de forma distinta a Azucena, ya sus curvas no me eran irrelevantes, incluso estaba empezando a verla simpática; también mi deseo adolescente me hacía ver más allá y fantasear con la sirvienta que aunque tenía senos pequeños su culo se veía bastante grande y redondo. En una ocasión, sin querer, abrí la puerta del baño y ahí estaba ella, sentada de piernas abiertas, con mucho pelo, pero el instante, y huyendo tras escuchar su grito, me dio material suficiente para alimentar mi deseo secreto.

Pasaban los días y yo intentaba de todas las maneras verla desnuda, esperaba el momento exacto en el que Azucena dejara la puerta entreabierta para yo echar el ojo. Inclusive en una oportunidad fui a curiosear sus estantes y encontré su ropa interior, en un momento de locura tomé una de sus tangas para masturbarme y fantasear. Pasados unas semanas, mientras ella limpiaba mi cuarto encontró su ropa interior y me acusó con mi madre; el regaño que me gané fue grandísimo, por días estuve muy molesto sin dirigirle una palabra a la sirvienta, hasta un día que entró a mi cuarto a pedirme disculpas porque su intención no era armar semejante escándalo, tras hablar un rato la abracé, sin poder controlarme, y a pesar de que el olor que ella destilaba no era tan agradable, me excité; mi pene se puso súper duro y ella logró sentirlo, sin más ella me empujó, me reclamó y se marchó muy molesta.

Ella dudó por un momento en lo sucedido, pensó que había exagerado, así que se acercó de nuevo a mí para disculparse, no dudé en sacar provecho de la situación y le pedí que viera una película conmigo, ella no se negó, y como la casa casi siempre estaba sola aproveché uno de esos ratos para colocar una porno y verla en compañía de ella, su expresión era como si quería verla, pero a la vez no, claramente le estaba excitando, pero de un momento a otro salió disparada de la habitación.

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Lo que se empieza jugando termina gustando

Dejé que los días pasaran, pero el juego continuaba, pasaba por al frente de ella con el pene bien erecto, hablaba con ella, la hacía reír, colocaba las porno cada que sabía que ella entraría a limpiar a mi habitación.

Un día mi padre mandó a reparar una parte de la casa, pero para ello debían abrir una ventana en el baño de la habitación de Azucena, era mi oportunidad de verla desnuda; una noche cuando ella se metió a bañar me escabullí a verla, que delicia, tenía unos senos pequeños, pero en la medida que iba bajando el paisaje era cada vez mejor, su piel color canela, enormes caderas y un culo gigante, nada tonificado, pero me causaba suficiente morbo. Ella se dio cuenta y en vez de sorprenderse me preguntó qué hacía ahí, que pasara; hice caso, pero la culpa no me dejaba parar de pedirle disculpas, ella enrollada en la toalla solo me escuchaba atenta, yo estaba súper nervioso, me preguntó por qué yo estaba haciendo eso, a lo que le contesté con la verdad, le dije que ella me gustaba mucho, que me excitaba de solo verla; aún muy nervioso escuché cuando me preguntó si había tenido sexo alguna vez, le dije que no, su respuesta me dejó helado pero aun así hice caso, “Déjame ver tu polla” fueron sus palabra, obedientemente bajé mi pantalón, tenía el pene erecto, ella comenzó a tocar mis huevos y mi verga, empezó a masturbarme pero al pasar unos minutos escuché a mi madre llamarme, subí mi pantalón y salí volando de la habitación de Azucena.

La mamada sorpresa

Al día siguiente, como siempre mis padres salieron a trabajar, de nuevo la casa sola; yo aun dormía cuando de pronto siento que bajan mis pantalones de un solo tirón, Azucena comenzó a chuparme el pene; entre mamada y mamada me decía que la había dejado muy excitada, continuaba lamiéndome, y abría mis piernas para chupar mis testículos, me di cuenta que ella también se masturbaba, era un sueño lo que está pasando; le quité la tanga que tenía puesta y comencé a meterle mis dedos, estaba tan caliente, descontrolada, jadeaba, me hacía saber que lo que estaba pasando le encantaba, sin mediar palabra se subió a mi cara para que le hiciera sexo oral, tenía un olor bastante peculiar, yo pasaba mi lengua alocadamente, no sabía bien lo que hacía, metía y sacaba mi lengua de su vagina y ella gemía.

Cuando ya sentía que no aguantaba más le dije que me correría, ella no paró, por el contrario, continuó chupando con más vigor aun, mi semen salió disparado a su boca a chorros, se dio la vuelta y ahí estaba Azucena, con su boquita chorreando de mi leche, me pidió entre gemidos que la cogiera; no pasó un minuto cuando Azucena se me metió todo mi pene en su deliciosa vagina de un solo sentón, comenzó a moverse de adelante hacia atrás, gemía mucho, bajé mis manos que estaban en su espalda hacia sus nalgas, pude sentir con mis dedos su ano.

La acosté en la cama porque era hora de darle con todo a la sirvienta, empecé con movimientos suaves y fui aumentando la velocidad y la intensidad, cuando ya le estaba dando tan duro que se escuchaba fuerte el choque de nuestros cuerpos, ella empezó a correrse, hacia caras raras, pero excitantes, sus piernas y todo su cuerpo estaba contraído, era todo un espectáculo verla así.

Cambiamos de posición, ella se acostó de lado y comencé a penetrarla, con mis manos agarré sus tetas, besaba su cuello, era un momento muy intenso el que estábamos teniendo, cuando le avisé que me iba a correr se quitó de inmediato y mi leche terminó bañando su espalda.

Mi sirvienta caliente

Mi calentura se había bajado, pero ella se acostó conmigo dándome la espalda y comenzó a moverse, sus nalgas rozaban mi polla, estaban algo flácidas pero deliciosas, eran grandes, perfectas para mí; así estuvimos por un rato hasta que ya estaba nuevamente erecto, y sin querer acariciaba su ano, mi poco conocimiento sexual no me tenía preparado para esto, sin lubricantes ni nada, intenté metérsela por detrás, ella no se negaba, por el contrario, gemía; sus propios fluidos vaginales me fueron ayudando a adentrarme en su culo, era una sensación extraña, distinta, pero sin duda muy placentera, con el pasar de unos minutos mi verga completa estaba en su culo, ella me decía qué hacer, si deseaba que le diera con suavidad o rápido y con fuerza, cuando ya me iba a correr nuevamente le avisé, pero su respuesta fue “Acaba dentro de mí”, que delicia fue llenarle su hueco de mi semen, ella solo gemía, era delicioso verla así. Al terminar se puso su ropa, agarró las cobijas y se fue hacer sus deberes.

Jamás me hubiese imaginado que mi primera cogida sería la mejor que he tenido hasta el momento. Por todo el tiempo que Azucena trabajó para mi familia mantuvimos los encuentros sexuales, cada uno mejor que el anterior.