El médico del consultorio F

Allí estaba yo, nerviosa, sudando frío, después de 7 años de un beso robado, como visitadora médica me ha tocado conocer a muchos doctores, pero este fue el único atrevido que un día me robó un beso y desde ese día hasta hoy no lo pude borrar de mi memoria. El médico del consultorio F era tal cual como me gustan los hombres, de piel bronceada, cuerpo atlético, con cara perversa, con esos ojos que te follan nada más al verte, con un perfume que alteraba mi vagina, que de tanto no follar estaba seca porque desde hace tiempo nada de nada con mi esposo.

El reencuentro

Después de 7 años y en plena pandemia me tocó volver a su consultorio. No podía faltar a mis responsabilidades. Con la vagina mojada nada más de pensar en su mirada y con las manos temblando, esperé mi turno para pasar a su oficina y ofrecerle los nuevos productos del laboratorio, aunque en realidad quería otra cosa. Quería follar, mi esposo ni me miraba y tampoco despertaba en mí ese deseo ardiente y desenfrenado que este moreno sí.

Su secretaria finalmente me llamó y pasé. ¡Ave María! Estaba más divino que nunca, con su bata y sí, con esa misma mirada sádica que me desvestía. Yo, con ganas de coger, me fui con un vestido y sin pantis, lista para ser envestida por mi médico. Él se lo olió, nos saludamos y cuando fui a saludarlo con un abrazo, me arrancó el tapabocas y me clavó un beso con lengua que sentí que tenía un orgasmo.

“Hoy no quiero que me muestres nada de medicamentos, quiero ver tu coño y lamerlo”, me dijo el doctor. Al oído y bien puta le dije que hiciera conmigo lo que le diera la gana. Me cargó en sus brazos, me llevó a su camilla, me subió, me ordenó que me subiera el vestido y cuando vio que no llevaba pantis se excitó mucho más. “Viniste a que te metiera mi pene”, dijo el muy descarado. Sí, le dije sin vergüenza, “quiero que me folles duro”.

La chupada de clítoris más rica de mi vida

Primero me tocó y cuando vio que mi coño estaba empapado, súper lubricado, y  que además latía, el doctor comenzó a salivar, se lamía los labios de deseo por comerse mi coño, mi culo, todo mi cuerpo entero. Allí bajó, directo a los labios de mi vagina, me pasó la lengua suavemente, me olía y me miraba, me miraba, me olía y me lamía. Yo, mientras, me revolcaba. Quería su lengua en mi clítoris desesperadamente. Él lo sabía y por eso retardaba ese momento, sabía que yo me vendría nada más al saborearlo la primera vez.
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Entre juego y juego con esa lengua de los mil demonios, llegó a donde yo quería, Me comenzó a lamer muy suave mi clítoris. Estaba tan hinchado que sentía que me iba a explotar. Después de lamer comenzó a succionarlo, lo soplaba, hacía cosas que nadie me había hecho. “Si sigues me voy a correr ya”, le dije entre gemidos de placer. Yo parecía una perra jadeando, me retorcía en esa camilla, gemía sin pensar en los pacientes que estaban a fuera. Al carajo todo, este momento lo había deseado por años.

La primera corrida con lengua

Mientras me mamaba el coño como un demonio comencé a sentir que uno de sus dedos entraba en mi culo. Lo sacaba del culo y se lamía el dedo. Cada vez que sentía que me iba a correr, el doctor paraba de chuparme, sacaba el dedo de mi culo y se lo lamía. Mis retorcidas eran cada vez más fuertes y mis gemidos más desesperados. Tenía el clímax ahí, en la puerta, a punto de fluir sin control.

Volvió a envestir mi clítoris con su lengua, me metió de nuevo el dedo en el culo y no pude más. Me corro, le grité varias veces. “Ay, me corro, me corro”. Vente, me dijo y allí se dio la explosión más divina, me corrí en su boca, le empapé la cara con mi orgasmo y lo miraba a él riéndose. Se bebía mis fluidos y se reía. ¿Cómo no me iba a volver loca con ese doctor psicópata del sexo?

Mis corridas y la suya

Después del clímax que me había hecho alcanzar mi bello doctor, él se desnudó mientras yo me seguía retorciendo. La verdad es que yo quería seguir, quería su polla dentro de mí y, de hecho, la tenía bien caliente y lista para metérmela. Antes de eso me puso a mamarla, me cogió por el cabello y me puso a chupar su polla. “Prepárate que te la voy a meter”, me dijo mirándome directamente a los ojos. Con esas palabras mágicas me corrí de nuevo solita. Mi segunda corrida.

Me la metió con fuerza, sin piedad, mi lubricación era perfecta para que me follara por donde quisiera y como una bestia. Gemía, se movía de a rato suave y de a rato a golpe, me lo metía hasta tocar mi útero y me volví a correr porque ese dolor me excita.

Luego me puso en cuatro y sí, mi culo estaba tan mojado que no se aguantó, me penetró por el culo y yo estaba tan perra y excitada que su polla pasó tranquilamente. Pegué un grito de placer cuando la metió toda y después yo misma me movía para masturbarlo con mi movimiento de caderas. Estaba como loco, también estaba que se venía, pero paraba, lo sacaba, me metía los dedos en la vagina, me agarraba las tetas. “Cada vez que vengas te voy a follar, que lo sepas”, me dijo el médico.

El consultorio se llenó de olor a sexo, a feromonas, a vagina, a pene, olía a placer de años sin tener orgasmos. Coño, quiero mi leche, empecé a pedirle, quiero que te vengas completo dentro de mi culo. Deseaba su leche dentro de mi cuerpo y llegar a mi casa con esa leche ahí dentro, sin vergüenza y con total descaro. Le pedí varias veces y no pudo más, se corrió enfurecido. Tómala toda, me dijo en un gemido masculino y bien sexual. Se corrió completo dentro de mí, tanto semen tenía para mí que se salía, se chorreaba por todas partes.

Hasta la próxima

Eso fue sexo, desde hace 7 años, ahora, nos besamos después de esa faena, le di las gracias, me dios las gracias, nos vestimos, dejé las medicinas de muestra en su escritorio, me bajé mi vestido, él se acomodó su ropa, se puso su bata, supongo que después se lavó la cara y siguió atendiendo pacientes. ¿Nos volveremos a ver?, le pregunté. Hasta la próxima, me dijo.

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